Los senderos de la belleza

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Compartimos el discurso de recepción ofrecido por la doctora Mercedes López-Baralt al recibir la distinción de Profesora Emeritus que le otorgó el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, el pasado 25 de marzo de 2014.

Por Mercedes López-Baralt

Voy a hablarles de “Los senderos de la belleza”. Pero antes de comenzar, quiero expresar mi gratitud más sentida a las autoridades de la Universidad de Puerto Rico – el Dr. Carlos Severino, Rector del recinto de Río Piedras; el Dr. Uroyoán Walker, Presidente de nuestra Universidad; la Dra. María de los Ángeles Castro, Decana de la Facultad de Humanidades –  así como a mis colegas del Departamento de Estudios Hispánicos: entre ellos, su Director, el Dr. Emilio Báez, y los doctores María Luisa Lugo, María Teresa Narváez y Miguel Ángel Náter – por hacer realidad esta distinción que tanto me honra. También agradezco la presencia de mis hermanos – Luce, Clara, Arturo y Tere – y de tantos amigos queridos. Reciban mis palabras como un homenaje apasionado a mi Alma Mater, a la que le he dedicado mi vida.

En un pasaje desconcertante y poco conocido de su novela Los demonios, Dostoiesvski desafió a sus lectores con dos preguntas: “¿Pero no sabéis, no sabéis que la humanidad puede seguir viviendo sin ingleses, sin alemanes, y por supuesto sin rusos? ¿Que es posible vivir sin la ciencia, sin pan, pero que sin belleza es imposible vivir?”. Y en dos de sus novelas – Los hermanos Karamazov y El Idiota – llegó  a afirmar que en la belleza está la salvación del mundo. “No sólo de pan vive el hombre”, dice Jesús en Mateo 4, y Lorca lo repite, para proponer: “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro”. Y cita a Dostoievski, quien, desde la gélida prisión de Siberia, pedía a su familia, con urgencia agónica: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros, para que mi alma no muera!”.

En el párrafo que acabo de leer, se vinculan dos ideas que han nutrido mi andadura vital: literatura y belleza. Mis padres – Emma Cardona y José López-Baralt, abogados por equivocación y humanistas por vocación – sembraron la semilla de esta ecuación temprano en mí y en mi  hermana Luce, pero en ambas la semilla echó raíces en la Universidad de Puerto Rico. En mi caso, cuando me topé con Lorca, Dostoievski, Galdós, Palés, Miguel Hernández, Garcilaso de la Vega y su pariente peruano, el Inca Garcilaso.

Permítanme contarles a breves trazos esta historia, que puede cifrarse en las palabras de un canto nocturno de los indios Navajo. Me refiero a una ceremonia de nueve días de danza, canción y ritual, en torno al poder sanador de la armonía, que las múltiples traducciones inglesas del canto nombran como belleza:

In the house of long life, there I wander
In the house of happiness, there I wander
Beauty before me, with it I wander
Beauty behind me, with it I wander
Beauty below me, with it I wander
Beauty above me, with it I wander
Beauty all around me, with it I wander
In old age travelling, with it I wander
On the trail of beauty I am, with it I wander

No nos debe extrañar que esta celebración de la belleza se dé en un contexto ritual. Evoco aquí la lección magistral de Mircea Eliade: lo sagrado no es tan sólo un acontecer en el tiempo, sino un elemento constitutivo de la psique humana. Se trata de la capacidad innata de reverencia que siente el hombre ante el misterio, ante todo aquello que merezca admiración rendida. De ahí que lo sagrado no sea patrimonio exclusivo de las religiones, sino también de la naturaleza, el amor, la patria, la belleza, la música, el arte y la poesía. Ilustremos esta verdad con la contundencia de lo cercano: cuando escuchamos “Verde luz”, la canción del Topo que se ha convertido en uno de nuestros himnos nacionales alternos (los otros son “Boricua en la luna”, de Corretjer y “Preciosa”, de Rafael Hernández), quedamos sumidos de inmediato – no importa la inclinación política de cada cual –  en un estado de reverencia cuasi religiosa.

Lo que nos demuestra que la belleza se da la mano con la ética. Porque la belleza es solidaria: cruza fronteras, derriba murallas, abre puertas y se convierte en una ventana hacia la luz (pensemos en las hermosas cartas libertarias de nuestro Oscar López Rivera, preso en las cárceles del imperio por más años que el gran Mandela). Y es que la lucha por la patria también convoca la belleza. Vale recordar a la Antígona Pérez de Luis Rafael Sánchez, cuando hablando de sus camaradas, encara al tirano Creón con palabras difíciles de olvidar: “Ir por la calle con ellos era una aventura completa. Con la apretada intensidad con la que uno se acerca a todo lo que sea final”. Palabras cónsonas con la ética que late en la cita de Camus que precede el citado texto de Sánchez: “Nada en esta vida merece que se aparte uno de lo que más ama”. Y que recuerdan que lo imprescindible siempre exige un compromiso, cifrado poéticamente en el final del mejor de los antiguos romances españoles: “Yo no digo mi canción/sino a quien conmigo va”.

La belleza provoca la reverencia ante lo sagrado y nos permite atisbar la armonía del universo, llevándonos al amor. Walt Whitman lo percibió en Leaves of Grass, cuando se derritió en el todo, hermanándose a la naturaleza (desde el inmenso mar hasta la humilde hojita de hierba), al cosmos, a los animales y a la diversidad humana: hombres, mujeres, niños, ricos, pobres, buenos, malos. César Vallejo lo intuyó, cuando propuso que hay que “amar a traición al enemigo” y cuando confesó el amor como credo: “tengo una gana ubérrima de querer”; pulsión amorosa hacia una humanidad en la que abrazó con la misma pasión al huérfano y al asesino.

La Universidad de Puerto Rico me educó en la ética de la belleza, tanto en el salón de clases como en los pasillos de Humanidades: cómo no pensar en mis maestros: Margot Arce, Luis de Arrigoitia, Ivette de Lourdes Jiménez, Federico de Onís, Pablo García Díaz, Manrique Cabrera, Ángel Luis Morales, Mariano Feliciano Fabre, Lewis Richardson, Isabel Gutiérrez del Arroyo, Pepito Figueroa, Robert Lewis, Antonio Rodríguez Huéscar, Manfred Kerkhoff; y en compañeros como Edwin Reyes, Juan Mestas, los poetas de Guajana, Hjalmar Flax, y desde luego, mis hermanas Luce y Clari. Pero también me permitió ejercer la belleza como medio de vida. Para verla reflejada en los ojos de tantos alumnos amados, de los que quiero mencionar tan sólo un puñado, porque, tras más de cuarenta años de docencia, son legión: María Consuelo Sáez Burgos, Carmen Ivette Pérez Marín, Carmen Rita Rabell, Daniel Torres, Mayra Santos-Febres, Malena Rodríguez, Miguel Ángel Náter, Elizardo Martínez, Efrén Rivera, Rafael Escalera, Manuel Núñez Negrón, Caridad Sorondo, Enrique Trigo, Luis López Nieves, Julieta Muñoz, Aníbal González, Angelita Placer, Reinaldo Marcos Padua, Ivette Torres, Priscilla Rosario Medina, Rebeca Franqui, Carmelo Santana, Carlos Roberto Gómez Beras, Leo Cabranes-Grant, Aurora Lauzardo, Edgardo Núñez Caballero, Elidio La Torre Lagares, Alejandro Carpio, Janette Becerra, Fernando Cros, Beatriz Cruz Sotomayor, Juan Manuel González, Ivette Martí, Javier Valentín, Ivonne Piazza, Milaysa Ramírez, Medardo Rosario, Antonio Arraiza, José Irving Plúguez, Jorge Lefevre…

En Llévame alguna vez por entre flores, un libro libre y testimonial, conté la historia de mi amor por la belleza. Debo su título al poeta toledano Garcilaso de la Vega, quien en una de sus canciones dijera: “Para más despacio atormentarme,/llévame alguna vez por entre flores”. O, para decirlo con un verso del cancionero popular norteamericano, “Killing me softly with his words”. Belleza que de tan intensa duele, como la invocada por el protagonista del Othello de Shakespeare, “Thou art so beautiful… that the senses ache at thee”. Todavía reverberan en mis oídos las palabras de un amigo del alma, Edwin Reyes, quien vivió día a día el oficio de la poesía, y que no cesaba de insistir en el consuelo de la belleza. Belleza que personificó para siempre en el emblema de Ofelia, aquel lirio adormecido por la muerte sobre el río azul de adoquines de la calle de San Sebastián.

Debo confesar que comparto el “órgano de admiración” de la Jayne Eyre de Charlotte Bronte. Que me movió desde niña al deslumbramiento por la poesía que leían en voz alta mis padres: Rubén Darío, Herrera y Reissig, Lorca, Palés, Julia de Burgos, Clara Lair. Más tarde me deslumbraron los mitos y la tradición oral indígena de nuestra América. Pero mi pasión por la belleza hoy también tiene un motivo compensatorio. Combatir el olvido al que buena parte de la crítica literaria contemporánea suele relegarla. Y servir de refugio ante el desconsuelo cotidiano que nos produce la realidad tanto nacional como internacional. Hago mías las palabras de la escritora española María Zambrano cuando hablaba de uno de los valores rectores de su obra: “Entiendo por Utopía la belleza irrenunciable”. Aunque debo apuntar a una razón personalísima: la vocación de dicha que tenemos las hermanas López-Baralt. No se me malinterprete: la realidad histórica hay que encararla, y de frente. Pero para entenderla y cambiarla, necesitamos de la literatura. Y para sobrevivirla, del oasis de la belleza. Ya lo dijo el Cándido de Voltaire: “Lo que sé es que hay que cultivar nuestro jardín”.

En Toward the End of Time, John Updike ponía en boca de su protagonista una frase ominosa: “Of all animals, man is the most miserable”. De ahí que mi jardín de flores incluya también la risa, aquella que preside una novela tan trágica como La guaracha del Macho Camacho, del ya citado Sánchez. Risa que aflora guaracheando en la lección ética de nuestro filósofo callejero Maelo Rivera, que cifra, en clave de vacilón, el enésimo grado del arrepentimiento en una frase genial: “Si yo llego a saber, que Perico era sordo… ¡yo paro el tren!” De nuevo, está en juego la supervivencia psíquica.

Jardinero sin par, pero también escritor, decía el actor británico Dirk Bogarde en sus Memorias: “Instead of flowers, there were words”. Yo, que tengo, como el Neruda de Madrid, una “casa de las flores”, también cultivo las palabras. Porque la literatura, que tantas cosas supone para sus lectores (historia, psicología, sociología, antropología, filosofía, crítica, lección de vida, introspección y ética), nos brinda, sin dejar de formular siempre las grandes preguntas, lo que Roland Barthes llamó oportunamente el placer del texto. Aquella belleza que algunos estudiosos olvidan, en su búsqueda de otros tesoros que puede ofrecernos su cofre entreabierto.

Hoy quiero compartir con ustedes algunos jirones de belleza que me rondan la vida y el salón de clases (sigo enseñando, claro está), y por los cuales la literatura bien puede convertirse en una manera de vivir. Jirones de belleza de una diversidad multicolor. Tantos, desde luego, asociados al amor imposible o perdido, como las imágenes de Palés para su fiel, fugada y abolida Filí-Melé: “catedral de ceniza, árbol de niebla”. Como el estribillo del villancico español que canta inmejorablemente Dani Rivera: “Si con tu mismo amor/ amarte pudiera/ como tú ahora me quieres/ yo te quisiera”. Como la misteriosa balada inglesa anónima que canta al son de un arpa el mejor Sherlock del siglo veinte, el actor Jeremy Brett, y que cuenta la desaparición de la novia que marcha sin titubear hacia la muerte:

She stepped away from me
and she went through the fair
and fondly I watched her
move here and move there.
And then she went homeward,
with one star awake,
as the swan in the evening
moves over the lake.

O como el reclamo transido de Lope de Vega a su amante ciega Marta de Nevárez en los inolvidables versos de Pepe Hierro: “Abre tus ojos verdes, Marta,/que quiero oir el mar”.

También asociados a la ausencia, evoco los hermosos eneasílabos de un preso político de las cárceles franquistas a su amada (confieso que era yo): “Cuándo será para nosotros/el cielo azul de paz y olvido”. Y los versos del poema “Ausencia” de Lope, cantados desde el alma por el vasco Imanol: “Ir y quedar, y con quedar partirse,/partir sin alma, ir con alma ajena,/oir la dulce voz de una sirena,/y no poder del árbol desasirse”.

Ausencia que suele ser la del amor imposible, como la que canta Ferdinand Padrón a Zulma Miura: “¿cómo convencer a mi recuerdo/que en su carne corre la sangre/y no una desbandada de jazmines?”. Pero que puede ser la del amigo muerto (Miguel Hernández lo llamará “compañero del alma, compañero”), la de Dios (Angel Darío Carrero le dirá: “Soy un relato de tu ausencia”), la de la utopía (“Todos somos náufragos que soñamos islas”, confiesa Fernando Aínsa), o la de los amores sucesivos de toda una vida en la “Plegaria del poeta viejo” de Hjalmar Flax, cuyo corazón vive preso en su “jaula de pérdidas”.

Menos frecuente, la celebración del amor también produce destellos luminosos, y nos sorprende justo al filo del nacimiento de nuestra lengua. Una jarcha mozárabe del siglo once le da voz a una muchacha enamorada y anacrónicamente feminista, digna predecesora de la Melibea que vivó el amor pleno en La Celestina de Rojas:

Mio sidi Ibraim                    Mi señor Ibraím

ya nomne dolje                     ¡Ah nombre dulce!

vente mib de nojte               Ven a mí de noche.

in non, si non queris,         Si no, si no quieres,

ireme tib                               iré a tí.

garme ob legarte.               Dime donde encontrarte.

Celebración del amor ya rotunda en la poesía mística de San Juan de la Cruz: “Mi amado las montañas/los valles solitarios, nemorosos/las ínsulas extrañas/los ríos sonorosos/el silbo de los aires amorosos”. Esta plenitud reverbera en los versos místicos de Luce López-Baralt: “Soy la luna llena que asciende”. La reencontramos en otros éxtasis contemporáneos: el del Aleph de Borges; el de Odette y Swann ante la deliciosa frase de la sonata de Vinteuil en Proust; el de Piedra de sol, cuando Octavio Paz celebra la consagración del instante en un amor que borra fronteras: “Puerta del ser, despierta, amanece,/déjame ver el rostro de este día,/déjame ver el rostro de esta noche,/adonde yo soy tú somos nosotros,/al reino de pronombres enlazados”; el de la Amaranta Ursula garciamarquina, que se entrega a Aureliano Babilonia “por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte”. Belleza que cambia de sintonía con el tiempo, para ubicarse en “el último bar que encontramos abierto” en la ranchera urbana de Joaquín Sabina, donde la oferta de un cubata a cambio de una canción recibe un piropo conducente a una noche de amor que dura dos días: “Con una condición,/que me dejes abierto el balcón/de tus ojos de gata”.

La naturaleza literaria también irradia belleza. Y emerge temprana en la poesía hispánica con el hermoso cantar de amigo “De los álamos vengo,/madre,/de ver cómo los menea el aire”, hasta alcanzar el surrealista “verde que te quiero verde” lorquiano y el “Requiem por los árboles”, que mueve a José Luis Vega a preguntarse, “¿Cómo, sin ellos, soportar el cielo?”. Y si Octavio Paz comienza su Piedra de sol con los versos “Un árbol bien plantado, mas danzante”, alusivos a la ceiba cósmica de los aztecas, y termina su obra con el libroÁrbol adentro, Thomas Mann le hace un homenaje inolvidable al árbol de lino al convertir el poema de Wilhelm Müller, Der lindenbaum, musicalizado por Schubert, en el leitmotif de La montaña mágica: un árbol de la vida que invita a la muerte. Por su parte, Antonio Machado celebra en el tronco torcido de la encina castellana la belleza de “esa humildad que cede/sólo a la ley de la vida,/que es vivir como se puede”. Y Lorca, inmerso en su naturaleza mítica, hace hablar a la luna y dialoga con los árboles: “Las cosas que se van no vuelven nunca,/ todo el mundo lo sabe,/ y entre el claro gentío de los vientos/es inútil quejarse./ ¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?/ ¡Es inútil quejarse!”. Y aquí hago un inciso para permitirme una licencia poética. Como la poesía no es el monopolio de lo publicado, pues asoma en la conversación cotidiana como pez en el agua cuando uno menos se lo espera, quiero citar con reverencia una frase de mi padre. Cuando nadie hablaba, Pepe decía: “el silencio es tan grande que se puede oir a la hierba crecer”. La imagen es digna de Lorca.

En Arguedas la celebración de la naturaleza se manifiesta en su infinito amor por todas las criaturas, que lo hace abrazarse al pino de Arequipa, conversar con él y escuchar la música que emana de su tronco centenario. Ya cerca del suicidio, al acariciar la cabeza de un cerdo, siente fugazmente la pulsión de vivir, al escuchar en su gemido de placer el canto de la altísima cascada que baja desde las inalcanzables cumbres andinas. Su paisano Vallejo, por su parte, construye un monumento lírico a la compasión en los versos iniciales de uno de sus Poemas humanos: “Fue domingo en las claras orejas de mi burro,/de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)”. Antecedente de un hermoso poema del mexicano Hugo Gutiérrez Vega: “Escucho el ruido de sus pezuñas por las calles angostas.// Siempre lleva más peso del que puede cargar y nunca se queja.// Clava su mirada con una leve pregunta en el suelo, y acepta su destino con una resignación hecha de bondad.// Hoy lo vi pasar con una carga de flores y supe que alguien había muerto.// El burrito llevaba la despedida en sus lomos y los colores le daban una especie de alegría”.

Amor por la naturaleza que lleva a Lévi-Strauss al final de Tristes trópicos a tender un puente entre ésta y la cultura, asumiendo su libertad humana en aquellos fugaces instantes en que abandona su trabajo para entregarse “a la contemplación de un mineral más bello que todas nuestras obras, al perfume, más sabio que nuestros libros, respirado en un lirio, o al guiño preñado de paciencia, de serenidad y de perdón recíproco que un acuerdo involuntario permite a veces intercambiar con un gato”. Pasaje que no puede sino recordarnos el homenaje a la vida de los versos finales de “Ahora me despido”, de Corretjer: “La pluma quemaba/y el libro se acaba/¡Dios te salve lirio!”.

Asociada al espacio, disfrutamos la belleza en las evocaciones de geografías amadas: en mi caso, el Madrid galdosiano, el San Juan de Edwin Reyes, el Santurce de Magali García Ramis, el Río Grande de Loíza de Julia de Burgos, nuestro mar contemplado por Pedro Salinas desde la orilla del Condado, Sussex y la Provenza vistos por los ojos de Dirk Bogarde, el Machu Picchu nerudiano, Andalucía y Madrid superpuestos al paisaje niuyorquino como en montaje cinematográfico por la nostalgia de Juan Ramón en “Espacio”: “Y entré cantando ausente por la arboleda de la noche, y el río que se iba bajo Washington Bridge, con sol aún, hacia mi España por mi oriente, a mi oriente de mayo por Madrid; un sol ya muerto pero vivo; un sol presente, pero ausente; un sol rescoldo de vital carmín; un sol carmín vital en el verdor; un sol vital en el verdor ya negro; un sol en el negror ya luna; un sol en la gran luna de carmín; un sol de gloria nueva, nueva en otro este; un sol de amor y de trabajo hermoso; un sol como el amor…”. También, en la evocación de Castilla del memorable poema épico contemporáneo de Luis López Álvarez, Los comuneros; sobre todo en la conmovedora confesión de Juana la Loca a Juan Bravo, cuando, desde su encierro, le dice que “Segovia en su recuerdo/se quedó cual amapola/en un campo de centeno”.

Imposible evadir en este mi personalísimo salve a la belleza  la de la partida final, que va desde las Coplas de Jorge Manrique (“Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar/que es el morir”), el Llanto lorquiano por Ignacio Sánchez Mejías (“eran las cinco en sombra de la tarde”) y el de Vallejo por su amigo, el pianista peruano Silva (“Porque te quiero, dos a dos, Alfonso,/y casi lo podría decir eternamente”), hasta el haikú de aliteraciones sublimes que mi madre escribiera poco antes de su tránsito: “Cuento con el viento/para el aleteo de mi vuelo”. También la belleza imposible del horror: el inframundo del “Informe de ciegos” de Sábato; el Dios aterrador de Matos Paoli, que se trueca en “la casa grande con pupilas” que lo asedia; el terrible final de El idiota de Dostoievski, que levanta otro monumento a la compasión en el abrazo de la figura crística de Mishkin al asesino de Anastasia Filipovna, frente al cuerpo de ésta. Y la insólita belleza de lo grotesco, tour de force en la pluma de nuestro Luis Rafael Sánchez, al describir desde el humor negro el vómito del Nene en La Guaracha del Macho Camacho. Sin olvidar la belleza del desamparo, desde la voz del cantor uruguayo Alfredo Zitarrosa en “Los boliches”: “La soledad con el alcohol,/suelta un gorrión/que por el aire del alma se va…”. O la del desamor supremo, llorado en clave de ranchera por Jorge Negrete en “Me cansé de rogarle”, en clave de tango por Gardel en “Cuesta abajo”, desde el melancólico pasado imperfecto que intenta minimizar la pérdida: “Era para mí la vida entera…”, y en clave cortavenas por Raphael, cuando nos contamina la desesperación de su grito desgarrado: “¡que tengo el corazón en carne viva!”.

También es imprescindible evocar la belleza en la poesía indígena. Para lo cual debo nadar hacia atrás, a contracorriente del tiempo, para rescatar un instante. En 1972 hice mi entrada a la América del Sur, y al llegar a Bogotá, entré como turista a su Museo del Oro. De pronto me detuve ante dos poemas: una suerte de graffiti en letras de oro que presidía las paredes de su enorme vestíbulo. Lejos estaba de saber que su lectura deslumbrada marcaría para siempre mi carrera como estudiosa de las letras hispanoamericanas. Quiero recordarlos ahora en la exquisita versión de Gerardo Reichel Dolmatoff, quien recogió ambos textos y los reformuló como poesía hacia mediados del siglo veinte:

Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro.
No había sol, ni luna, ni gente, ni animales ni plantas.
El mar estaba en todas partes.
El mar era la madre.
La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna.
Ella era espíritu de lo que iba a venir,
y ella era pensamiento y memoria.

(Mito de creación de los indios Kógi, de la

Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia)
Nuestro modo de ser no es duro como la piedra.
Es como la vista penetrante en un cristal que traspasa.
Así son nuestros hermanos y así son nuestros hijos.
La estabilidad de un horcón no perdura,
pero la bondad y el calor del sol sí perduran,
porque llevamos su cristal en nuestro ser.

(Mito Desana, río Vaupés, Amazonia colombiana)
La belleza de ambos poemas avivó mi curiosidad por la literatura autóctona de nuestro continente. Lo próximo fue la lectura del libro de Miguel León Portilla, El reverso de la conquista. La empatía por las voces silenciadas por la historia que aprendí en mis años madrileños gracias a la censura de la dictadura de Franco (entre ellas, las voces de los poetas de posguerra, de Miguel Hernández, del mismo Lorca con sus poemas del amor oscuro y de los mismísimos cantautores Paco Ibáñez y Joan Manuel Serrat) reverberó en otro contexto: el de nuestra América mestiza. Pues el ilustre mexicano recogió en su libro testimonios indígenas sobre la conquista española, silenciados por desconocidos, que devoré con admiración. Sobre todo la traducción que hizo José María Arguedas de la elegía quechua anónima por la muerte de Atahualpa, Apu Inka Atawallpaman, cuyos versos iniciales – que hoy nos suenan surrealistas – me alucinaron con sus augurios de un cataclismo cósmico:

¿Qué arco iris es este negro arco iris

que se alza?

Para el enemigo del Cuzco horrible flecha

que amanece.

Por doquier granizada siniestra

golpea.

Mi corazón presentía

a cada instante,

aun en mis sueños, asaltándome,

en el letargo,

a la mosca azul anunciadora de la muerte,

dolor inacabable.

He querido citar estos tres poemas, porque hoy reconozco, con claridad meridiana, que a la belleza le debo mi incursión en la antropología, que tanto me ha ayudado a entender a los cronistas coloniales: Guaman Poma de Ayala y el Inca Garcilaso. Belleza que me abrió los horizontes literarios de una América morena que hoy me sonríe plural. Porque antes de la conquista, ya el poeta Netzahualcóyotl había celebrado en el antiguo México la solidaridad con un verso que es una joya: “La amistad es lluvia de flores preciosas”. También había formulado, anticipando en casi dos siglos la duda cartesiana, la pregunta tremenda acerca de nuestra temporalidad en versos poderosos: “¿Acaso de verdad se vive en la tierra?/No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí./Aunque sea jade se quiebra,/aunque sea oro se rompe,/aunque sea plumaje de quetzal se desgarra./No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí”. En el Perú, la llegada de los españoles no tardó en motivar la respuesta del mesianismo andino, al que le debemos hermosos mitos sobre el retorno inminente del Inca rey y la citada elegía por Atahualpa, con su imagen imposible de luz oscura: un arco iris negro agorero de la destrucción de un mundo. Siglos después, la visión de los vencidos persistiría en el desafío surrealista de un huayno quechua recogido en 1946 por José María Arguedas: “Hoy es el día de mi partida./Hoy no me iré, me iré mañana./Me veréis salir tocando una flauta de hueso de mosca,/llevando por bandera una tela de araña./Será mi tambor un huevo de hormiga./¿Y mi montera?/Mi montera será un nido de picaflor”. Desafío que hace suyo el mismo Arguedas cuando afirma, en su himno quechua a Tupac Amaru, “¡Kachkaniraqmi!”. Es decir, “¡Sigo siendo!”.

Al comunicarme la terrible noticia de la enfermedad que lo llevó a la muerte, Edwin Reyes recordó un haikú que decía: En el largo camino,/si caigo,/yaceré entre flores. Entre ellas quiero vivir.

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